Técnicas de asalto y asedio a un castillo

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Asedio a Jerusalen

Debido al desarrollo que se alcanzó durante la Edad Media, concretamente entre los siglos XI y XII, en cuanto al diseño de los castillos, materiales de construcción y sus medidas defensivas, se hizo necesario crear nuevas formas de asaltarlos. Mientras que la piedra sustituía a la madera como material de construcción de las fortificaciones, las cada vez más altas murallas tomaron en lugar de los viejos muros de tierra, ahora tan fáciles de superar.

Ahora los castillos estaban dotados de grandes torres desde las que los arqueros podían disparar bajo protección, pasillos sobre las murallas por las que los soldados pueden moverse y repeler ataques y fosos con puentes levadizos. Todas estas medidas podían mantener al enemigo a raya durante bastante tiempo, siempre que durasen el alimento y las municiones.

Si una fuerza invasora trataba de conquistar un castillo, se solía recurrir en primer lugar a la negociación, la cual solía ser la solución más frecuente debido a lo costoso de realizar tanto el asedio como la defensa. También influían otros factores como la proporción numérica o las posibilidades de recibir ayuda exterior, lo cual podía reducir significativamente las pérdidas.

En el caso menos frecuente de que la negociación no llegase a buen puerto, existían tres caminos a seguir: el ataque por sorpresa (también conocido como “a furto”), el ataque por la fuerza y el asedio prolongado o cerco.

EL ATAQUE POR SORPRESA

La técnica del ataque sorpresa solía ser ejecutada por un grupo reducido de hombres, que se encargaban de entrar aprovechando cualquier falla en la seguridad del castillo para abrir el camino a las tropas invasoras. Para que esto funcionase, normalmente se aprovechaban de factores ambientales, como la niebla o la lluvia, aunque también era posible que contasen con algún aliado en el interior, que por dinero o por haber recibido algún tipo de desprecio por parte de su señor, accedía a ayudar a los atacantes. Otra de las posibles manera de hacerlo era mediante engaños o ardides.

Quizá uno de los mejores ejemplos de esta técnica sea la toma del castillo de Krac des Chevaliers en Oriente Próximo, perteneciente a los Caballeros Hospitalarios de San Juan y que tiene fama de ser el más difícil de asaltar de todos los que se conservan.

Dotado de una doble muralla y construido junto a un acantilado, este castillo resistió las embestidas hasta del mismísimo Saladino, hasta la llegada del sultán Beibars, quien tras lograr penetrar en las defensas de la primera muralla y ver la feroz resistencia que ofrecían los Hospitalarios, ideó un astuto plan. Logró hacer llegar una carta falsificada, a nombre del maese de la orden, y en la que daba a los caballeros la orden de rendirse antes sus atacantes debido a que no podrían enviarles ayuda. Así se conquistó una fortaleza que fue inexpugnable durante más de un siglo.

Trebuchet

EL ASALTO

En caso de que no existiese posibilidad de realizar un ataque furtivo, se comenzaba a barajar la idea del asalto, aunque el éxito de esta empresa residía en poseer una importante superioridad numérica. Esto ocurría por la ventaja del defensor, que siempre aseguraba un alto número de bajas en los atacantes. Factores como la ubicación del castillo y la efectividad y número de sus defensas podían repeler a un enemigo bastante más numeroso. Curiosamente y en contra de lo que solemos ver en las películas, el asalto por la fuerza solía terminar en una segunda negociación, antes que en una lucha desesperada, lo cual podía ahorrar muchas vidas.

Fueron los asaltos por la fuerza los grandes impulsores de las más conocidas herramientas para superar las murallas, que frecuentemente rodeaban las ciudades y castillos, y dichas herramientas trajeron de la mano nuevas estrategias y técnicas:

Las escalas: para poder superar las murallas, se empleaban largas escaleras de madera rematadas con ganchos metálicos, por las que los asaltantes podían subir. Los peligros de este sistema eran el equilibrio, ya que el defensor podía desanclarla o también recurrir al fuego, por lo que en ocasiones se forraban de pieles mojadas.

La torre: tremendamente costosa de fabricar y lenta a la hora de moverse, esta mole de madera sobre ruedas tenía que ser de la misma altura que la muralla a atacar, por lo que no siempre resultaban una alternativa. Por otra parte, se debía allanar el terreno previamente para su uso. En caso de que el defensor estuviese bien preparado, podía infligir mucho daño a los soldados apostados en ella. Si la maniobra tenía éxito y la torre alcanzaba su posición, aseguraría el paso continuo de soldados, a menos que se la incendiase mediante proyectiles, por lo que también se las recubría de pieles húmedas.

El minado: otra posibilidad era la de derribar las murallas realizando agujeros en sus cimientos, o bien la de pasarlas por debajo mediante un túnel, aunque esta tarea exigía de mucho tiempo y trabajo. Si se conseguía encontrar un punto débil en la estructura, se usaban arietes o se bombardeaba con piedras desde las catapultas para provocar su colapso.

El ariete: quizá el más conocido de los ingenios medievales de asalto, se trata de un gran tronco de madera empujado por soldados que golpea repetidamente un punto, que puede ser tanto una puerta como una muralla. En un principio sólo se usaba el tronco, pero se le añadió una punta de metal y una carcasa protectora, que mantenía a los soldados que lo transportaban a salvo de las flechas. Mediante un sistema de cuerdas tirado por soldados, el ariete se balanceaba colgado del techo, golpeando el punto deseado hasta derribarlo.

Proyectiles: los artefactos para lanzar proyectiles fueron muchos y muy variados en su diseño y capacidades. En primer lugar tenemos la balista, parecida en el diseño a la ballesta pero mucho más grande, capaz de lanzar enormes jabalinas contra las tropas enemigas, haciendo un daño considerable. Después está la clásica catapulta, que mediante un sistema de cuerdas podía lanzar proyectiles incendiarios o de piedra con una trayectoria curva, sobrepasando así las murallas y dañando el interior del castillo o ciudad. Pero el más temido de todos era el trabuquete, un artefacto capaz de enviar rocas a más de 200 metros y dañar seriamente las murallas.

Un punto de inflexión en las máquinas de asalto fue la llegada de la pólvora, utilizada por primera vez durante el siglo XIV por Eduardo III en el asedio a Calais. No pasó ni un siglo hasta que desapareció la “ventaja de defensor”, provocada por la aparición de artefactos capaces de destruir por completo las murallas. Los cañones hicieron posible tomar lugares hasta entonces inexpugnables, como fue el caso de Constantinopla y sus magníficas murallas a mediados del siglo XV.

EL ASEDIO

Cuando todas las anteriores posibilidades llegaban a un punto muerto, se recurría al asedio, siendo esta la técnica más determinante a la hora de conquistar un lugar. Cuando los defensores se veían escasos de víveres y sabían que no llegaría la ayuda exterior, la rendición solía ser incondicional, al contrario que ocurriría durante una batalla a campo abierto.

El asedio requería para su éxito dos factores, en primer lugar que el atacante pudiera rodear con sus efectivos todo el lugar asediado, y en segundo que poseyera suficientes suministros para aguantar más tiempo que los asediados. Por supuesto, siempre existía la posibilidad de recibir ayuda, por lo que estas dos condiciones no garantizaban del todo la victoria. En caso de que la fortaleza o ciudad tuviese un acceso por mar, éste debía de ser controlado por los invasores, para evitar el aprovisionamiento de los defensores.

Existía la posibilidad de que los sitiados contraatacasen, por lo que el cerco debía reunir una serie de condiciones antes de que resultase efectivo. En primer lugar, se excavaban trincheras y luego se establecían puestos de vigilancia, dependencias, almacenes para las armas y la munición y se preparaban los artefactos de asedio, que luego se usarían para atacar. En caso de que un rey presidiera el asedio, su tienda ocupaba un lugar preeminente, rodeado por las tiendas de los oficiales, y en un círculo más amplio, por las de los soldados.

Los momentos elegidos para comenzar un cerco eran la Primavera y el Verano, buscando el evitar lo más posible el mal tiempo y el frío, que podía dar al traste con los expuestos atacantes, mientras que poco importaba a los resguardados defensores. Una manera de desmoralizar a los defensores era la de bombardear o acosar cada cierto tiempo la fortaleza, y en ocasiones se lanzaban cadáveres de animales e incluso personas al interior, buscando el provocar enfermedades entre sus habitantes.

Un factor muy importante para los atacantes era contar con una línea de avituallamiento, tanto para la tropa como para los caballos. Hay que tener en cuenta que podían pasar meses, y que si en algún momento fallaba el suministro, no sólo fracasaría el asedio, sino que podía incluso llevar a un final desastroso protagonizado por la enfermedad y el hambre.

Foto 1 vía: jadonceld

Foto 2 vía: Quistnix

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